Eutanásia – Cayetano Bretones (Gore)

No suele ser en la juventud una prioridad buscar fórmulas tratando de encontrar un mínimo de reposo y dignidad a la hora de morir. Pero cuando los años van pasando, al fin terminas por comprender que más que planteártelo, es necesario reivindicar la eutanasia como un derecho a morir de la manera menos traumática, evitando así el violento enfrentamiento de la enfermedad y la vida en los momentos finales de nuestra existencia. Entre otras cosas, me parece que es la opción menos dolorosa a la hora de bajar el telón y poner el punto y final a la obra de nuestro paso por la Tierra.
Sólo el que no ha sufrido en sus propias carnes y en sus seres más queridos la tortura del dolor, prolongado muchas veces hasta límites insoportables, o no ha perdido a un ser querido después de los dolorosos preliminares de la muerte a través de una prolongada agonía, no es capaz de comprender hasta qué punto la muerte puede ser una liberación para el que muere y un bálsamo para el que vive. Vivir a plazos, con la muerte dibujada en la frente y la mirada quemada por el dolor, no es vivir, sino morir. Por dicha razón, si fuera necesario recurrir a la eutanasia activa, nada se siente si una vez anestesiados dejamos de vivir. El tránsito de la vida a la muerte sólo depende de un latido del corazón, un suspiro, un quejido, una lamento, de lo que la cabeza y la conciencia están totalmente ausentes, mientras que si somos conscientes de la proximidad de la muerte quedamos a merced del sufrimiento, y no por eso dejaremos de morir.
Es evidente que más que miedo a la muerte, lo que verdaderamente nos acongoja es el hecho de dejar de vivir. Es por eso que nos mantiene siempre la esperanza y luchamos mientras nos queda un hálito de vida. Pero cuando nuestro organismo nos avisa a través de la enfermedad que nuestras neuronas están destruidas y el mal se posesiona para no abandonar, haciendo entrar al enfermo en su fase terminal, ¿para qué prolongar la vida a costa de más dolor y más sufrimiento?
También hay quien airea su protesta contra la eutanasia, como si con ello nos quisieran demostrar su respeto a la vida, alegando que sólo Dios tiene derecho a disponer de ella. Nada más falaz y mentiroso, cuando muchas de esas censuras, paradójicamente, proceden de mentalidades reaccionarias que vienen defendiendo la pena de muerte. Lo verdaderamente triste es que, por culpa de un puñado de iluminados que han conseguido poner la balanza a su favor, apoyados en la ignorancia y haciendo de la muerte un rito, el enfermo desahuciado esté obligado a vivir a plazos, cargando con la cruz del dolor y esperando solamente la firma que certifique su muerte, aun estando demostrado que está clínicamente muerto.
Naturalmente que con esta actitud intransigente y cerril estamos abriendo puertas y ventanas a la imaginación, cuando aún la tenemos para decidir. Y tratando de encontrar fórmulas que nos liberen del dolor, se desemboca muchas veces en el suicidio. Un suicidio de responsabilidad social, ya que se deja a un ser humano debatirse entre la vida y la muerte, mientras que para acortar su agonía debe añadir otra agonía más tratando de encontrar la forma menos dolorosa para quitarse la vida.
Tampoco estoy de acuerdo con los que dicen que la vida es un bien privado y que sólo nosotros tenemos derecho a disponer de ella a nuestro antojo, y menos aún cuando tenemos salud para vivirla en toda su intensidad. Y no estoy de acuerdo, porque además de ser nuestra, esa vida pertenece también a las personas que nos quieren, que nos aman o nos necesitan (si es que tenemos quienes nos quiera). Una razón de peso más para reivindicar la eutanasia activa como una actitud disuasoria para los que viven de espaldas a una realidad tan natural como es la muerte. Como es obvio, nadie quiere ver sufrir a un ser querido; máxime cuando se ha recurrido a todos los medios para salvarle la vida.
Ciertamente, no existe nada más absurdo que negar a la vida su grandeza cuando disponemos de salud y de los ingredientes necesarios para ser, aunque sólo sea parcialmente, felices, pero, a la vez, no existe nada más cruel e injusto que negar el derecho a morir cuando ya nos hemos quedado sin argumentos para seguir viviendo. Dicho de otra manera, la vida es un tesoro que debemos cuidar y mimar para nuestro goce y disfrute, y por extensión daremos felicidad a nuestros seres queridos. Sin embargo, vivir se puede convertir muchas veces en una pesada carga cuando el sufrimiento es superior a los valores de la propia vida.
Entiendo, reivindico y deseo que cuando están agotadas todas las posibilidades, una vez que el enfermo entra, científicamente demostrado, en su fase terminal, se le faciliten todos los medios necesarios para llegar cuanto antes a la muerte, evitando así los horrores de una larga y dolorosa agonía y un sufrimiento innecesarios. No hagamos hipócritamente de la muerte un ritual sagrado, que suponemos trasciende más allá de este mundo. En el siglo XXI, aún seguimos viendo que los más ardorosos defensores de la vida están, precisamente, entre los que menos respetan los derechos humanos, los que favorecen o disponen de mejor y más sofisticado armamento para seguir matando, y los que menos colaboran para evitar que mueran de hambre y miseria a seres inocentes llenos de vida.
En definitiva, la vida con dolor y sin esperanza no tiene el menor sentido: la vida consiste en poder disfrutar de todo lo que nos rodea, en mayor o menor medida, o con mayor o menor intensidad, y no en ver precisamente en todo lo que nos rodea la presencia de la muerte. Cuando nada de lo que ven nuestros ojos o siente nuestro corazón aporta ya ningún ingrediente para seguir viviendo, sólo hay un camino que es la muerte, el cual deberíamos contribuir todos para hacerlo lo más corto, lo más llano, y lo menos doloroso posible.
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Uma resposta para Eutanásia – Cayetano Bretones (Gore)

  1. Gore disse:

    Gracias por visitarme y dejar tu comentario. Y gracias también por traer mi texto (Eutanasia)
    y exponerlo para su mayor divulgación. Y como tiene que ser, respetando el nombre del autor.
    Saludos

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